CASA BLANCA
El sol estaba por salir cuando Ismael divisó los surcos del sembradío a lo lejos. Paso a paso se fue acercando a la enorme casa blanca. Le gustaba ver los cinco hermosos cipreses que dibujaban una larga línea verde. Se mecían con el viento de la mañana. El camino era blanco también y las dunas que se amontonaban interminables tenían ese matiz gris cambiante. Ahora las arenas del desierto se sentían frías y tiernas bajo sus pies. En unas cuantas horas arderían con el sol implacable del desierto de Almurra-albar.
Era mágico llegar a este oasis. Ismael se reía y se sentía extraño siempre que llegaba a este oasis. Le parecía que esta pequeña isla era casi un milagro en este mar de arena. De repente algo le asusto y lo saco de su ensueño: una serpiente rápidamente se deslizó por la arena y se perdió entre los sembradíos de Omar Khaluf.
Omar era su suegro. Un hombre viejo y sabio que aunque severo, sabía dar cariño a todos los que estaban cerca de él. Ismael se había casado con su hija Rama hacia ocho años. Era una hermosa mujer, ojos negros llenos de luz y un corazón amable. Ismael se sintió con suerte al recordar a Rama. También sintió un recelo en su estómago, ella se encontraba lejos, a cuatro días de camino, en su casa. La casa que había sido de los padres de Ismael y que ahora habitaban, no tenían una familia numerosa. Dos hijos varones y una niña de un año. Ismael sintió una brisa tibia en su pecho al recordar a sus pequeños. El amor brotaba de él como un manantial limpio y fresco que nace bajo una roca y unas palmeras donde nadie lo esperaba. Así era su amor que salía como la luz de la luna llena sale de repente y lo llena todo con su aura de magia y misterio.
Ismael siguió caminando, a pesar de que estaba muy cansado debía hablar con su suegro. Tenía noticias importantes que realmente no comprendía del todo pero que debían se entregadas sin demora.